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      cristoSantísimo Cristo del Perdón.

      El Santísimo Cristo del Perdón preside, en el presbiterio, la iglesia parroquial de Santa Teresa de Jesús, en la Barriada de la Orden Alta, de Huelva. El encargo iba dirigido a que presidiera el nuevo templo parroquial, pero enseguida surgió la iniciativa de que fuera también objeto de devoción penitencial, en el marco de los desfiles procesionales de Semana Santa, como titular de una Hermandad.

      El autor, Juan Abascal, lo ha representado sujeto por cuatro clavos, sin suppedaneum, a una cruz arbórea, tallada la corteza y dorados los nudos. El stipes superior corto lleva la tablilla rectangular con el acróstico pintado en negro. Carece de potencias, aunque sí lleva corona de espinas, trenzadas con ramas de arbustos naturales.

      El paño de pureza es cordífero, de marcada concepción barroca, y forma una acusada línea diagonal de derecha a izquierda, volando con gracia por la siniestra. Se recoge en moña a la derecha, y cae en movido vuelo, creando en el extremo inferior un caprichoso quiebro. Según el Dr. González Gómez, «contrasta vivamente con la serena morfología corporal, convertida en mero soporte de la idea. La abertura del sudario, por el lateral derecho, es un recurso expresivo del artista para lograr un doble objetivo; insistir en el carácter martirial, al desollar la soga la cadera de Jesús, y permitir el estudio anatómico completo y pormenorizado de la imagen por ese costado». En la zona lumbar izquierda del lienzo aparece la firma del autor: «Abascal. Sevilla. 1981».

      Es un Cristo muerto, dotado de una gran unción sagrada. Inclina dulcemente la cabeza hacia delante y a la derecha. Su rostro sereno quiere expresar la paz con que ha entregado su espíritu al Padre, y el perdón conseguido para los hombres con su muerte, por la que ha restablecido la paz entre ellos y Dios. Los párpados caen pesadamente, quedando la mirada perdida. Los labios entreabiertos muestran la lengua proyectada hacia adelante, con especial dramatismo. La cabellera aparece partida en dos, tratada en forma de espesas hebras de pelo, empastadas por la sangre. La barba, corta y bífida, muestra pequeños mechones túmidos.

      Los brazos se disponen, con naturalidad, en un ángulo de 130º, casi paralelos al palo horizontal. Las manos semicerradas, por la rotura de nervios. El torso es esbelto, apolíneo, con clásica ponderación de los relieves anatómicos de los músculos pectorales e intercostales. Bajo el arco condrocostal, queda hundido el hueco epigástrico, con caída del abdomen y marcado pliegue de la piel a la altura umbilical. Las piernas soportan el peso del Redentor, ligeramente separadas y flexionadas. Los pies, unidos y paralelos, se taladran por separado, aunque monta ligeramente el derecho sobre el izquierdo.

      Abundante sangre brota de las cinco llagas, y recorre manos, brazos, pecho y pies. Otras heridas contusas dan lugar a hematomas y a hemorragias que manchan de sangre la frente, el cuello, los hombros, el costado, las rodillas y las piernas.

      La policromía, pálida y patinada, refuerza la sensación de los malos tratos, el polvo mezclado con la sangre y el sudor, así como la lividez cadavérica que van apareciendo por el cuerpo sin vida. En sus carnaciones y en las zonas declives se observan incluso las manchas hipostáticas que refleja, una vez más, el apego al estudio del natural.

      La composición se inspira en el espíritu y en las formas de modelos sevillanos del barroco más moderado. El artista ha empleado una técnica muy suelta y viva, recordando en ciertas partes, como en el cabello, barba y lienzo lumbar, los acabados del barro. Por contraste, y contribuyendo a la percepción de las calidades y texturas, termina con delicadeza la anatomía de brazos, tórax, espaldas, piernas y pies. El perfecto acabado de la anatomía dorsal revela la intención del escultor de que la imagen no se limitara a presidir el templo, contemplándose solo la parte frontal, sino que pudiera admirarse en los diversos puntos de vista de la escultura en movimiento. Que fue pensada para que desfilara procesionalmente, queda patente, a juzgar por su cuidado dibujo, minucioso modelado y acertada policromía. Según el parecer del Dr. González Gómez, «estamos ante una de las más logradas creaciones de nuestro artista».

     Desde la Comisión Diocesana de Arte Sacro de Huelva se orientó el exorno litúrgico del nuevo templo de Santa Teresa, y el encargo de sus obras artísticas. Las imágenes del Cristo crucificado y de Santa Teresa, titular de la parroquia, fueron encargados a Juan Abascal Fuentes; una pintura de la Sagrada Familia se encargó a Juan Antonio Rodríguez. Fue continuo el seguimiento del proceso artístico, en el estudio del escultor, en la plaza Jerónimo de Córdoba, desde su boceto en barro, su desarrollo a tamaño natural, el vaciado en escayola, hasta su terminación en madera y su policromado. Cuando terminó su obra, el escultor comentó que le gustaría que el Cristo se llamara del Perdón, y que «estaba pidiendo a voces salir en procesión de penitencia».

Manuel Jesús CARRASCO TERRIZA, La escultura del Crucificado en la Tierra Llana de Huelva, Huelva, Diputación Provincial, 2000, págs. 367-369.

Foto: Antonio Acevedo.

 

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